La presentación de los aparatos y máquinas usados por los tribunales civiles y eclesiásticos para obtener confesiones, se realizara de tal modo que transmita al visitante la angustia y el temor que los acusados pudieron sentir en lo que los inquisidores llamaban “a la vista del tormento”.
Junto con las máquinas se presentarán a lo largo de toda la exposición los textos y grabados que permitirán contextualizar lo que se está viendo. En este sentido el orden en que se organiza la exposición servirá para comprender la dimensión social del temor, cuando no abiertamente terror, que provocaba la posibilidad de ser acusado ante el Tribunal. Este debería ser la intención primordial evitando en lo posible el morbo ante el espectáculo de la tortura.
En este último aspecto es necesario destacar que, a juzgar por los documentos consultados, el terror que el Tribunal inspiraba en la mayor parte de los casos se debía no tanto a su verdadera actividad como al secretismo con que lo hacía y este debería ser un elemento que se encuentre presente en toda la información que se facilite, de manera que el visitante perciba ese ambiente de denuncia y autodenuncia que existía y lo pueda extrapolar a su propia experiencia.
La selección de las máquinas corresponde a las más utilizadas por los distintos tribunales inquisitoriales, tanto eclesiásticos como civiles, en toda Europa incluida. En este sentido es importante destacar que los tribunales eclesiásticos españoles fueron parcos en los instrumentos de tortura siendo la garrucha, la toca y el potro prácticamente los más utilizados, acompañados ocasionalmente por otros tormentos generalmente con la ayuda de fuego. Sin embargo los tribunales civiles, tanto en España como en el resto de Europa, se muestran particularmente crueles sobre todo con determinados colectivos a los que las diversas sociedades consideraron peligrosos para la convivencia, y es de aquí de donde se han extraído la mayor parte de los instrumentos presentados.
La evolución de estos instrumentos presenta pocas novedades a lo largo de los siglos limitándose casi exclusivamente a los que pueden producir mayor tormento sin provocar directamente la muerte. Es imprescindible destacar que el objetivo de la tortura no era matar al acusado sino hacerle confesar sus delitos o pecados, denunciar a otros como él y conseguir que el hereje se arrepintiera, y para ello era necesario mantenerle vivo. Otra cosa es que la muerte sobreviniera como consecuencia de la falta de higiene y las condiciones de vida de unos presos que podían permanecer durante años encerrados.
Los aparatos e instrumentos se presentan, junto con sus informaciones pertinentes siempre en relación con los contenidos expuestos de manera que queden contextualizados y no sean objetos de morbo en sí mismos.
La muerte, según el precepto cristiano, era el último de los recursos, empleado cuando el acusado se mostraba tan recalcitrante en su delito que no se concebía otra manera que la expiación de los pecados en el fuego. Por esta razón y por la importancia que tenían, las sentencias se realizaban en autos de fe, con un carácter público y que pretendían servir de experiencia “en cabeza ajena”.. |